Hay frases que suenan muchas veces por casa y que, a fuerza de repetirse, se acaban normalizando. «Paso de todo.» «Me da igual.» «A mí eso no me afecta.» Y, sin embargo, hay algo en su tono, en la forma en la que lo dicen, en la mirada esquiva o en el gesto tenso que te comunica justo lo contrario.
Y tú estás ahí, escuchando lo que verbalizan, pero también intuyendo que hay algo que no están diciendo. Porque HAY algo que no te encaja. Porque parece que todo le da igual, pero no está bien. Porque su forma de desconectar ya no es descanso, es evitación. Porque esa distancia no es espacio para sentirse más independiente, es su tristeza que se tapa con la manta para desaparecer.
Acompañar a alguien que dice que pasa de todo mientras tú ves que algo le duele es muy difícil. Porque no quieres invadir. Porque no quieres forzar. Porque no sabes si está protegiéndose o, sencillamente, no quiere que descubras lo que hay en su interior.
Y ahí entra la duda: ¿Me lo estoy inventando? ¿Estoy viendo fantasmas donde no hay nada? ¿Y si me estoy proyectando? ¿Y si soy yo la que no está bien y lo estoy interpretando todo desde mi propio ruido?
Pero la intuición está ahí. Y acompañar desde esa intuición puede ser muy útil para animarnos a observar con atención. Es leer el cuerpo, el tono, los pequeños gestos. Es quedarse cerca sin exigir que lo verbalicen todo. Y es dar espacio sin desaparecer del todo.
A veces las personas adolescentes dicen que pasan de todo porque no tienen palabras para nombrar lo que sienten. O porque no quieren parecer vulnerables. O porque han aprendido que si muestran la herida, reciben consejos, juicios o un interrogatorio. Y entonces prefieren encerrarse en el «me da igual».
Pero no les da igual. Les cuesta decir que les afecta. Pero les afecta. Les cuesta admitir que están tristes, que hay decepción o tienen miedo. Pero lo tienen. Y lo que necesitan no es que expongamos ante el mundo su situación, sino que les demos un entorno donde no tengan que fingir nada porque nada va a verse como algo raro. Porque todo lo que nos pasa es humano.
Esto no va de desmontarles su discurso. Su refugio. Va de sostener el contexto. Va de no presionar para que confiesen lo que sienten, sino de crear el clima para que, si quieren, puedan contarlo. Sin prisa. Sin urgencia. Sin castigos ni reproches por no contarlo antes.
A veces el «paso de todo» no es una declaración de indiferencia. Es un modo de protegerse del impacto que algo tiene. Y si tú puedes ver más allá de esa frase, no para corregirla, sino para acompañarla… estás haciendo mucho más de lo que parece.
Porque el acompañamiento no empieza cuando lo dicen. Empieza cuando tú estás disponible para escuchar lo que aún no saben contar.
Este artículo es solo el comienzo. En el podcast No es personal, es cerebral te cuento más sobre este tema y comparto claves para mirar más allá del “paso de todo”.
¿Te gustaría recibir cada día pautas útiles para acompañar a tu adolescente? Suscríbete a mis correos diarios desde AQUÍ.